viernes, 11 de septiembre de 2020

El Poeta

No hay prisa.
Hay tiempo.
Hay TiMex.
RODRIGO FRESÁN, Mantra 


La noche está en completa calma, sugiere más de lo que dice. Como nada alumbra las calles adoquinadas, la luz de la habitación que espían les hierve las pupilas. El fuego reapareciendo sobre el papel es su único farol.

El joven pasa los binoculares a su compañero y medita un minuto lo que va a decir.

-Oye, Luis.

-Dime, compadre.

-¿Y este que escribe?

-Poesía, compadre, poesía.

-Claro, es que se me había olvidado.

-Tranquilo, compadrito. Por eso lo llamamos El Poeta. Ten la libreta a mano, copia su nombre junto al de la señora.

-Entendido, Luis.

Los dos hombres toman la postura detectivesca, la del descanso perpetuo: apoyan sus codos sobre la baranda del balcón de un estacionamiento, con la espalda encorvada, los gestos forzosamente sueltos. Intermitentemente la convierten en ese reflejo inherente a los detectives que ficcionan su labor con mucho placer: acariciar la nueve milímetros bajo el sobretodo y dar una eterna calada.

El silencio en que se sume este lado de la ciudad se ve perpetuado el rumor de la calefacción. El auto que la agencia les brinda para la vigilancia murmura y vibra imperceptiblemente a sus espaldas. Luis devuelve los binoculares con desprecio, y gira sobre su eje. Observa el auto de pintura descascarada, imaginando y sintiendo, que el auto que maneja a diario es el Gran Torino que, en su adolescencia, veía en la televisión. Vuelve a la vigilancia, y cuando enciende el cigarrillo ilumina sus bigotes sucios y los ojos del joven que no paran de brillar.

-Luis.

-Desembuche, compañero.

-¿Y tú crees que esta vez nos pagaran bien?

-¿Tú le viste las chichis a la señora? Si tiene pasta para mantener esos caramelos, tiene buena pasta para pagarnos.

-Sí, es verdad.

El joven se sorprende de que la habitación que espían sea tan pequeña, podría decirse que es la habitación donde se guardan escobas, plumeros y productos de limpieza. Se sorprende de sobremanera, pero no dice nada. Dentro está El Poeta. Suponen, escribiendo. Solo alcanzan a ver con nitidez la pared donde se dibuja su característica joroba. Solo eso ven: la sombra del Poeta.

-Luis, ¿no me convidas un cigarro?

-Cómprese los suyos, compadrito.

-Es que no tuve…

-Me vale madres que tuvo y que no.- Luis detiene la conversación y mira por los binoculares, aplicando a su sexto sentido: El Poeta tuerce apenas su posición y deja ver la curva, que ahora desaparece de la pared. Guarda los binoculares en el sobre todo y sigue:

-Copie en la libreta que el suéter del Poeta es celeste,-lanza con solvencia su atado al joven- y tome dos cigarros. No vaya a ser que me pida de nuevo.

-Suéter celeste. Perfecto. Gracias, Luis.

El joven palpa sus bolsillos sabiendo que hallará un encendedor en alguno. Suma un farol a la escena. Luis vuelve a sobrar la situación: se da media vuelta, apoya su espalda sobre la baranda y mira con odio al cielo, donde busca algo para decirse.

-Nunca habrá estrellas en invierno en esta condenada ciudad.

El joven escucha a su compañero y se anima a acotar:

-Las estrellas están en los ojos de las mujeres del de-efe, Luis.

-¿Ahora se cree poeta, compadre?

-Era un chiste, Luis.

-Se lo he dicho mil veces, me-va-len-ma-dre sus chistes, muchacho. Su trabajo es la libreta y lo que yo le diga. Cuando no lleve puesto el sobretodo, haga los chistes que se le den la madre. Mientras, no. Espero quede…

-Se mueve.

-¿Qué dice?

Al joven se le escurre el cigarrillo de entre los dedos y las cenizas salpican las botas de Luis.

-El Poeta, se mueve.

-Pues regístralo en la condenada libreta, ¿o eres retardado?

Preso del miedo, el joven ni siquiera atina a simular que palpa sus bolsillos buscando la tinta que no tiene. Luis lo nota y no ahorra labia: 

-Ah, pues parece que en serio eres retardado, compadre. Un condenado boli… ni un condenado bolígrafo eres capaz de llevar encima. ¿Te piensas que mi trabajo es quitarte la mierda que pisas? -dice, y no deja tiempo a que el joven module apenas un gesto de respuesta:- Si no eres retardado, no sé bien qué eres.

El poeta vuelve a moverse, aunque insignificantemente y dentro de la misma habitación. El joven lo ve, pero no dice nada. Luis chista sus dedos y sopla exageradamente, luego camina hacia el auto. El vapor queda suspendido, y envuelve al joven durante varios segundos. 

-Ten, tengo un boli de repuesto.

Deja la lapicera sobre la mano que el joven extiende tímidamente, y se encierra, refunfuñando, en el micro clima del auto, que sigue vibrando y reverbera, de la misma manera que los sueños excitantes. Luis cierra los ojos y se dice que está soñando despierto: descansa de esta actividad que ama, en la que no tuvo que sacrificar su promiscua intimidad, para acceder a la ajena, en la que puede darse el lujo de poner en juego sus habilidades innatas, indispensables para la sociedad y, encima, abrigarse en asientos de cuero genuino.

El joven no aguarda a que Luis se duerma para encender el otro cigarrillo. Cala y aguanta el humo varios segundos, dejando una gran porción fluyendo dentro de su organismo. Luego dibuja en el aire volutas en las que se mezclan el tabaco y el calor condensado. Antes de proseguir, mira la habitación: El Poeta sigue en la misma posición. Quizás se mando a embalsamar, piensa, y ríe. Sería demasiado. Constata el horario en su reloj: le resta cinco minutos al primer movimiento y dos al segundo. Escribe en su libreta:

22.13. El Poeta se mueve dentro de la habitación pequeña. Sigue escribiendo;

22.16 El Gran Poeta se mueve dentro de lo que llama El Valle. Sigue escribiendo algún resabio modificado de lo que supo ser.

 


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