martes, 29 de septiembre de 2020
Cometa de La Farola - Jaime Ross
viernes, 25 de septiembre de 2020
Mantra, Rodrigo Fresán (Edición Corregida y Aumentada, Literatura Random House, Buenos Aires, 2014)
Hay cosas monumentales por su tamaño y cosas monumentales por su admirable inercia. Hay obras monumentales por su tamaño -por su inercia- y obras que llamamos monumentales por su capacidad de retratar la historia. Bueno. En palabras de Martín Mantra, esto que conocemos -y adoramos conocer- como historia está pronto a ser reemplazado por una obra con mayores capacidades de compactar la historia del mundo: las telenovelas (mexicanas).
Mantra es, en palabras mías
que tomo del Idiomantra, una telenovela mexicana fenomenalmente literatiforme.
El libro, publicado originalmente en 2001, es narrado por Estrellito, El Niño Espacial que pasa de estudiante primario, hijo de Montoneros, avergonzado de su país natal, a redactor de la revista Snob -dirigida por el increíblemente snobiforme, Jean-Baptiste-, a luchador enmascarado y, luego, poblador de la sección “suicidas subliminales” del Mictlán. Desde allí, el Mictlán, le cuenta a la estupendamente sensualiforme María-Marie Mantra nuestra telenovela, la telenovela de todos, la telenovela de Martín Mantra, la telenovela de México.
Martín Mantra, hijo de los actores de telenovela más importantes del
mundo, nieto de Máximo Mantra, dueño de los estudios MantraVisión, hace escala
de su tour mundial constante en una escuela primaria que honra a un prócer mexicano
del cual mucho se sabe pero que poco fundamenta su título, el General Gervasio Vicasio
Cabrera. Allí conoce al narrador, quien
eternamente, o hasta el siguiente principio del Fin, cargará con un sincréticamente mantriforme tumor que
contaminara absolutamente todos sus recuerdos. “Su tumor es como una taza dónde
todo sale (…) un big-bang cerebral”, le dice el doctor Marcos Matus al narrador,
y él se dice que todos los científicos son poetas frustrados.
Luego de la escena del revólver el narrador se vuelve compadre de Mantra,
quien en un pacto confidente le muestra su obra totalizadora: una película que
se grabe todos los años en su cumpleaños, las 24 horas del día, y que retrate
la historia del universo desde su mirada. Mantra, cineasta prodigio, amigo de
Orson Welles, fanático de Stanley Kubrick y de su 2001, jamás aparecerá en la obra, la cual el narrador llega a conocer
con el nombre El Cumpleaños de Martín
Mantra/Nueve Años. Por último, justo antes de que inicie El Final, predice
que en el futuro los humanos tendremos la misma ambición desde el momento en
que nacemos, retratar la historia del todo desde la nada. Movi-Eye, bautiza el
joven mexicano al artefacto que se instalará en nuestros globos oculares.
Estas son solo las primeras veinte páginas.
En algún pasaje de la telenovela literatiforme,
Mantra, convertido en el Capitán Godzilla luego de la catástrofe del Cielito
Lindo, dice en una rueda de prensa: “¡Mexicanos!, un país sin ciencia ficción
es un país sin futuro” y detuvo mi lectura de la telenovela.
(Me disculpo y aclaro que lo que sigue es producto, en parte, de mi
desconocimiento del género. Pero ahí va…)
En las últimas décadas ha bajado el consumo de libros en general (en
todos sus géneros, excepto el de “autoayuda”, el de “novelas fantásticas”, el
de “biografías de conductores de televisión” y el de “técnicas económicas neo-liberales
para ser el sistema”), eso todos lo sabemos. Bien. Es algo por lo que
preocuparse, indeed, junto con los
oligopolios editoriales masivamente
devoriformes, y los porqués de esto serán investigados y consecuentemente divagados
en otra oportunidad. Sigo. Hay géneros sin embargo que no tiemblan lo
suficiente como para preocuparse: hablo de las novelas de terror del tipo Stephen King, las fantásticas del tipo Florencia Bonelli, las de suspenso, las intelectualoides y las no tan intelectualoidesde
Anagrama (género aparte, que abarca las novelas de personajes, dramáticas, tan
cosmopolitas como llenas de idiosincrasia), las novelas queer, los libros de cuentos cortos, sugestivos, modernos,
lisérgicos, pornográficos, temerosos pero demasiado vanidosos para demostrarlo.
Algo así, podría decirse, ¿no? (Aclaro que no digo que sean de un consumo
masivo). En las antípodas, las tiradas de libros de poesía contemporáneas de bellas ediciones son
mínimas y el género ciencia ficción está, por lo que percibo, ciertamente
abandonado. Esto es lo que me genera preocupación y es algo sobre lo que sí me permito a
divagar:
Históricamente el género sci-fi,
logró ganarse su público, sus devotos, su inconsciente colectivo sobre los mismo, logró hacer
millones y seguir haciéndolos con los nostálgicos consumistas de siempre. (Acá
es donde mi desconocimiento en filmografía y bibliografía del género me impide
dar muchos ejemplos para lo que estoy a punto de decir. Pero, bueno, ahí va…)
Logró, y supongo era la búsqueda, mostrarnos que el futuro puede parecer lejano
pero es posible y es así de distópico, maligno. Hablo, por ejemplo, de Farenheit 451, de Ray Bradbury. Historias con tecnología tan
avanzada que retroceden a la humanidad, o a lo que queda de ella, a la ausencia
del estado, al control de fuertes sobre débiles -siempre hablando del Capital
que gobierne en la coyuntura, dinero, fuerza, dispositivos, armas, etc.-. Logró
fascinar, pero también alertar de que eso es posible, quizás remoto, pero posible.
Está en nosotros evitarlo. ¿O, estaba?
Siento la necesidad de pensar que Este Presente (y no me refiero al
pandemonio) de incertidumbre, terror, bélicamente
informatiforme, es quizás producto de quienes despotricamos en el pasado sin
saber al sci-fi. No pretendo ser
absoluto al respecto, no creo que el problema, es decir Este Presente, provenga de un solo óvulo y esperma, pero es
de remarcar que, exceptuando al imperio Star Wars -que no sé cuánto
aplica al caso-, el consumo main stream de
ciencia ficción descendió enormemente. Por ello, creo, sin un horizonte novedosos al cual temer, sin obras con la suficiente abstracción como para representar los germenes latentes de la época, los viejos horizontes fueron acercándosenos más y más, hasta el punto de
sentir hoy que el Más Allá se acerca cada vez al Más Acá.
(Este es el momento en el que antes de hacer el cut-up de Burroughs y seguir con la novela de Fresán, invito al
lectore interesado a recomendarme obras sci-fi
en los comentarios. ¡Bienvenide a hacerlo!)
Tengo tentaciones de hacer algún paralelismo del autor argentino con el
mítico Foster Wallace, uno de esos tantos-tantísimos autores de los que más se
habla de lo que se lo lee. D.F.W. el yuppie suicida, autor de la mítica Infinite Jest (¿monumentalmente inerte?,
o ¿monumentalmente histórica?) y de
los inacabables relatos de Extinción, entre otros. Este paralelismo nace de las citas a
D.F.W que hace Fresán en uno de los libros de su última trilogía -también imagino inacabable- La Parte Inventada, La Parte Soñada y La Parte Recordada, además de
una charla a partir de la Infinite Jest que
se encuentra en YouTube (https://www.youtube.com/watch?v=bXAxiWtVLu0&t=10s).
Bueno, sigo. Estos autores, en las obras que he leído, abarcan relatos que
conforman mundos, realidades en las que los personajes se desenvuelven a veces consternados
por lo que les tocó; relatos minuciosos, pero por sobre todo monumentalmente originaliformes. Estas
realidades que confeccionan no resultan tan lejanas (tumores que abducen
recuerdos, años que tienen nombre de empresas, por mencionar algunos), pero no
dejan de tener su surrealismo. Y es hasta acá donde llega mi cabeza. Ahí es
cuando entra Fresán, o más bien, Martín Mantra con el término “Irrealismo
Lógico” y una nube uniforme cubre de súbito el Cielito Lindo y de ella brota un ácido que nos
convierte en luchadores enmascarados.
Cut-up.
Mantra, como pregona la
contra-tapa (tapa en contra, si se sigue a Aira), es “una ciudad de novela y una novela de esa ciudad”.
México, en mi carrera como lector, ocupa paso a paso un lugar muy
importante. Una de las novelas, sino la más, que más me fascinó es Los Detectives Salvajes, escrita por el
compadre de Fresán, Roberto Bolaño, el mismo que en la solapa del libro, y
adhiero fenomenalmente, escribe sobre Mantra,
“(…) también trata, en un plano casi secreto, sobre el arte de hacer literatura…”
y agrega “… aunque muy pocos se den cuenta de eso”, con un tono pedante el
chileno.
Y yo me preguntó, ¿por qué es que esto me pasa, si tan lejos estoy de
México y su D.F., si nunca fui y si ni siquiera algo de su naturaleza atraviesa mi
biografía? ¿Será que México tiene algo de especial, algo de inverosímil dentro
de la realidad? “Ninguna historia es verosímil en esta ciudad”, dice Jesús
Nazareno y de Todos Los Santos Mártires en la Tierra Fernandéz (a.k.a.) Black
Hole (a.k.a) Mano Negra en la novela.
Estamos tan lejos de México como México de nosotros, puedo concluir si
sigo la Quantum Theory de
María-Marie.
México dio la Revolución (mexicana), le dio un inconsciente cliché a
toda la literatura y el cine ignorante hecho y por hacer, es la sombra que
el mundo admira y es de la que se ríe cuando la
escucha hablar. México, también, fue donde huyó Liev Davidovich Trostky para
escapar del traidor Stalin, donde entabló una relación de amor-odio con Diego
Rivera, donde acosó a las Kahlo, donde escribió el Manifesto por un Arte Independiente y Revolucionario con el mismo
Rivera y André Bretón, dónde se escondió y espero el inevitable asesinato a
manos del abducido Ramón Mercader.
México, siento, es ese lugar a donde vamos a nacer y a morir.
Hagamos lo que podamos con Este Futuro. Por lo pronto Mantra, de Rodrigo Fresán es un buen lugar dónde nacer y morir.
Dejo un temita nuevo de King Gizzard, una banda que roza el sci-fi (https://www.youtube.com/watch?v=ioqgrYorhkU)
jueves, 24 de septiembre de 2020
Memorias dispersas I
Difícil especificar cuándo arrancó esta historia. Caminaba con mis tacos por una avenida estruendosa de edificios gemelos. Las pies me latían y necesitaba de vos, Ramos. Sin pensarlo, como si fuera el mío, entré en uno. La puerta estaba abierta; unos gordos transpirados arreglaban algún desperfecto de gas del edificio y precisaban entrar y salir constantemente. Un gordo joven custodiaba la puerta por mandato del capataz, y mi escote por genuina voluntad. Pasé a su lado con tranquilidad, a paso lento, sin siquiera formular un gesto que indicara residencia, ya sea agitar un manojo de llaves, o dar las buenas tardes -aunque no supiera que hora realmente era.
Dentro del palier las cosas no se complicaron. Instintivamente encontré el ascensor de servicio. Los laterales del cubículo estaban tapiados por una lona verde; las rejas oxidadas profesaban, inmortalizadas en liquid-paper o marcador, lacónicas memorias de la historia del universo: "guzman PUTO", "Vamos a Volver", "Bucay chorro", "lo que koje la del kinto", entre otros. Ya completamente dentro, tecleé el piso más alto, el séptimo, y me saqué los tacos.
A la salida del ascensor mis pies se encontraron con un polvoriento piso de mármol rojo, y el resto de mis sentidos con un lavadero oscuro, de paredes grumiendo por la humedad. Al fondo a la izquierda, una puerta con la pintura descascarada, impedía que el fulgor del sol iluminara el ambiente. Arrugé mis pies para perder un poco el polvillo y para meditar mi próximo movimiento. Me acerqué a la puerta y, sin esfuerzo, la abrí. Encontré la terraza, y en ese momento lo entendí, supe que estabas ahí, Ramos.
Te esperé las milésimas necesarias. Me agarraste por la cintura con tus manos siempre perfumadas y me acercaste contra tu cuerpo. A veces -siempre- sentía que no podía discernir dónde empezaba tu cuerpo y dónde el aire. Sin sutileza te ofrecía mis dotes y sin sutileza, en silencio, los aceptabas. En todos y en ese instante, Ramos, imaginaba tus manos al ras de mi carne, fundiendo mi piel; imaginaba tu verga inhumana, pincelando sobre mi lengua, latiendo. Me contentaba con imaginar que lamía, porque jamás me dejaste, tus pezones enhiestos y suaves; me contentaba con imaginarte sofocar gemidos de placer. Nunca nada me decías, nunca un comentario banal, ninguna apreciación de nuestras vidas, de mi cuerpo, del tuyo, ni siquiera un comentario que se jactara de tu poder, tampoco una indicación de cómo proceder después del break, cómo desaparecer; ni siquiera durante el break dejabas escapar tu voz, no compartías nuestra intimidad. Intentaba convencerme de que me dolía que me subordinaras con tu silencio. Pero no podía. Lo necesitaba todavía más de lo que lo necesito hoy. Dejé de pensar, te había encontrado, después de no-se-cuánto-tiempo, Ramos. Era posible que esa misma mañana hubieras amanecido con mi cuerpo suave encima del tuyo o yo con tu verga inhumana dentro mío, pero imposible es recordarlo. Ni en ese momento ni hoy. Imposible recordarte, Ramos, de no ser por lo que estoy haciendo.
Te arrastré del cogote hasta un rincón de la terraza, el rincón más luminoso, donde el sol más ardía. Besé tu cuello helado, acaricie tu espalda y tu culo lo agarré y sentí cómo cabía perfecto en mi mano. Te enredé con mis piernas y pasé con ferocidad mis manos sobre el bulto de tu verga inhumana erguida. Vos no hiciste nada, Ramos, hasta que volviste a agarrarme por la cintura y gemí. Con un movimiento imperceptible, como vos, como el aire, me tenías. Mi pollera, como un velo, bailaba por el viento, dejando ver que nada llevaba encima, más que tus rastros. Tu verga inhumana volvió a mí; helaba y bullía dentro mío, me hacía olvidar el ardor del sol sobre el hormigón bajo mis pies desnudos, o las ráfagas gélida de viento.
En todos y en ningún lado quería estar con vos, Ramos. En vos quería estar.
miércoles, 23 de septiembre de 2020
El Arranque - Osvaldo Pugliese
sábado, 12 de septiembre de 2020
Sed
viernes, 11 de septiembre de 2020
El Poeta
No hay prisa.Hay tiempo.Hay TiMex.RODRIGO FRESÁN, Mantra
La noche está en completa calma, sugiere más de lo que dice. Como nada alumbra las calles adoquinadas, la luz de la habitación que espían les hierve las pupilas. El fuego reapareciendo sobre el papel es su único farol.
El joven pasa los binoculares a su
compañero y medita un minuto lo que va a decir.
-Oye, Luis.
-Dime, compadre.
-¿Y este que escribe?
-Poesía, compadre, poesía.
-Claro, es que se me había olvidado.
-Tranquilo, compadrito. Por eso lo llamamos El Poeta. Ten la libreta
a mano, copia su nombre junto al de la señora.
-Entendido, Luis.
Los dos hombres toman la postura
detectivesca, la del descanso perpetuo: apoyan sus codos sobre la baranda del balcón
de un estacionamiento, con la espalda encorvada, los gestos forzosamente
sueltos. Intermitentemente la convierten en ese reflejo inherente a los detectives que ficcionan su labor con mucho placer: acariciar la nueve milímetros
bajo el sobretodo y dar una eterna calada.
El silencio en que se sume este lado de la
ciudad se ve perpetuado el rumor de la calefacción. El auto que la agencia les
brinda para la vigilancia murmura y vibra imperceptiblemente a sus espaldas.
Luis devuelve los binoculares con desprecio, y gira sobre su eje. Observa el auto de pintura
descascarada, imaginando y sintiendo, que el auto que maneja a diario es el
Gran Torino que, en su adolescencia, veía en la televisión. Vuelve a la
vigilancia, y cuando enciende el cigarrillo ilumina sus bigotes sucios y los ojos del
joven que no paran de brillar.
-Luis.
-Desembuche, compañero.
-¿Y tú crees que esta vez nos pagaran bien?
-¿Tú le viste las chichis
a la señora? Si tiene pasta para mantener esos caramelos, tiene buena pasta
para pagarnos.
-Sí, es verdad.
El joven se sorprende de que la
habitación que espían sea tan pequeña, podría decirse que es la habitación
donde se guardan escobas, plumeros y productos de limpieza. Se sorprende de sobremanera, pero no dice nada. Dentro está El
Poeta. Suponen, escribiendo. Solo alcanzan a ver con nitidez la pared donde se
dibuja su característica joroba. Solo eso ven: la sombra del Poeta.
-Luis, ¿no me convidas un cigarro?
-Cómprese los suyos, compadrito.
-Es que no tuve…
-Me vale madres que tuvo y que no.- Luis detiene la conversación y mira
por los binoculares, aplicando a su sexto sentido: El Poeta tuerce apenas su
posición y deja ver la curva, que ahora desaparece de la pared. Guarda los
binoculares en el sobre todo y sigue:
-Copie en la libreta que el suéter del Poeta es celeste,-lanza con solvencia su atado al joven- y tome dos cigarros. No vaya a ser que
me pida de nuevo.
-Suéter celeste. Perfecto. Gracias, Luis.
El joven palpa sus bolsillos sabiendo
que hallará un encendedor en alguno. Suma un farol a la escena. Luis vuelve a sobrar la situación: se da media vuelta,
apoya su espalda sobre la baranda y mira con odio al cielo, donde busca algo para decirse.
-Nunca habrá estrellas en invierno en esta condenada ciudad.
El joven escucha a su compañero y se
anima a acotar:
-Las estrellas están en los ojos de las mujeres del de-efe,
Luis.
-¿Ahora se cree poeta, compadre?
-Era un chiste, Luis.
-Se lo he dicho mil veces, me-va-len-ma-dre sus chistes, muchacho.
Su trabajo es la libreta y lo que yo le diga. Cuando no lleve puesto el
sobretodo, haga los chistes que se le den la madre. Mientras, no. Espero quede…
-Se mueve.
-¿Qué dice?
Al joven se le escurre el cigarrillo de
entre los dedos y las cenizas salpican las botas de Luis.
-El Poeta, se mueve.
-Pues regístralo en la condenada libreta, ¿o eres retardado?
Preso del miedo, el joven ni siquiera atina a simular que palpa sus bolsillos buscando la tinta que no tiene. Luis lo nota y no ahorra labia:
-Ah, pues parece que en serio eres retardado, compadre. Un condenado boli… ni un condenado bolígrafo eres capaz de llevar encima. ¿Te piensas que mi trabajo es quitarte la mierda que pisas? -dice, y no deja tiempo a que el joven module apenas un gesto de respuesta:- Si no eres retardado, no sé bien qué eres.
El poeta vuelve a moverse, aunque insignificantemente y dentro de la misma habitación. El joven lo ve, pero no dice nada. Luis chista sus dedos y sopla exageradamente, luego camina hacia el auto. El vapor queda suspendido, y envuelve al joven durante varios segundos.
-Ten, tengo un boli de repuesto.
Deja la lapicera sobre la mano que
el joven extiende tímidamente, y se encierra, refunfuñando, en el micro clima
del auto, que sigue vibrando y reverbera, de la misma manera que los sueños excitantes. Luis cierra los ojos y se dice que está soñando despierto: descansa de esta actividad que ama, en la que no tuvo que sacrificar su promiscua intimidad,
para acceder a la ajena, en la que puede darse el lujo de poner en juego sus
habilidades innatas, indispensables para la sociedad y, encima, abrigarse en
asientos de cuero genuino.
El joven no aguarda a que Luis se
duerma para encender el otro cigarrillo. Cala y aguanta el humo varios
segundos, dejando una gran porción fluyendo dentro de su organismo. Luego dibuja en el aire volutas en las
que se mezclan el tabaco y el calor condensado. Antes de proseguir, mira la habitación: El Poeta sigue en la misma posición. Quizás se mando a embalsamar, piensa, y ríe. Sería demasiado. Constata el horario en su
reloj: le resta cinco minutos al primer movimiento y dos al segundo. Escribe en
su libreta:
22.13. El Poeta se mueve dentro de la
habitación pequeña. Sigue escribiendo;
22.16 El Gran Poeta se mueve dentro de lo que llama El Valle. Sigue escribiendo algún resabio modificado de lo que
supo ser.
miércoles, 9 de septiembre de 2020
¿Qué decís ahora?
cinco. y agotarse.
-
Saudade não há não fez lugar na sua boca, oh seu lugar (o lugar da sombra) é o frio ou é a emoção?
-
fazer-me um abismo de voz é
-
Quiero hacer de mi memoria una casa sin palabras un laberinto salvaje para animales domésticos . Quiero en rincones bañados ...
