martes, 29 de septiembre de 2020

Cometa de La Farola - Jaime Ross


tenía cuatro años 
cuando mi viejo me llevó a mi primer recital.
viajamos muchos kilómetros,
vivimos un día en el auto
chupando chupetines,
pronosticando patentes
y escuchando a Marley.
no tan en el fondo, ambos sabíamos
que lo queríamos realmente
era saber cómo funcionaba la gravedad
lejos de casa.

este es el recuerdo primal
el sueño egoísta
que funda una cuidad.
entramos en ella

y después a un parque gigante.
hablábamos un lenguaje para dos
en medio de la multitud
delante del escenario, que sentíamos
como un telón del cielo negro inmenso,
dónde los barriletes se movían como estrellas
formando constelaciones.

la ciudad fue nuestra,
hasta que empezó el recital:

un tipo anacrónico sobre el escenario,
desarmado para la guerra,
soltaba los versos de los hermanos
que tenía en cada esquina de esa ciudad:
mi viejo era su primo, yo su padre.
cantaba y el pasto se humedecía.
los barriletes multiplicados flameaban
y se agitaban encima nuestro
como un big bang.

grité a mi viejo entre la multitud y la música
que iba a intentar recuperar nuestros dominios, 
pero él ya gravitaba:
susurraba versos
al oído de una mujer:
"No somos como él,
un árbol en medio de la arboleda,
con su copa tuerce el viento
a su gusto. Ondea sus raíces
y en el fondo envuelve
la tierra que funda
y libera".


viernes, 25 de septiembre de 2020

Mantra, Rodrigo Fresán (Edición Corregida y Aumentada, Literatura Random House, Buenos Aires, 2014)


Hay cosas monumentales por su tamaño y cosas monumentales por su admirable inercia. Hay obras monumentales por su tamaño -por su inercia- y obras que llamamos monumentales por su capacidad de retratar la historia. Bueno. En palabras de Martín Mantra, esto que conocemos  -y adoramos conocer- como historia está pronto a ser reemplazado por una obra con mayores capacidades de compactar la historia del mundo: las telenovelas (mexicanas).

Mantra es, en palabras mías que tomo del Idiomantra, una telenovela mexicana fenomenalmente literatiforme.

El libro, publicado originalmente en 2001, es narrado por Estrellito, El Niño Espacial que pasa de estudiante primario, hijo de Montoneros, avergonzado de su país natal, a redactor de la revista Snob -dirigida por el increíblemente snobiforme, Jean-Baptiste-,  a luchador enmascarado y, luego,  poblador de la sección “suicidas subliminales” del Mictlán. Desde allí, el Mictlán, le cuenta a la estupendamente sensualiforme María-Marie Mantra nuestra telenovela, la telenovela de todos, la telenovela de Martín Mantra, la telenovela de México.

La historia inicia con un revólver, un juego de inocencias que sella, primero con sangre y luego con el líquido circunda nuestros cerebros y el mundo, el principio del Fin.

Martín Mantra, hijo de los actores de telenovela más importantes del mundo, nieto de Máximo Mantra, dueño de los estudios MantraVisión, hace escala de su tour mundial constante en una escuela primaria que honra a un prócer mexicano del cual mucho se sabe pero que poco fundamenta su título, el General Gervasio Vicasio Cabrera. Allí conoce al narrador, quien eternamente, o hasta el siguiente principio del Fin, cargará con un sincréticamente mantriforme tumor que contaminara absolutamente todos sus recuerdos. “Su tumor es como una taza dónde todo sale (…) un big-bang cerebral”, le dice el doctor Marcos Matus al narrador, y él se dice que todos los científicos son poetas frustrados.

Luego de la escena del revólver el narrador se vuelve compadre de Mantra, quien en un pacto confidente le muestra su obra totalizadora: una película que se grabe todos los años en su cumpleaños, las 24 horas del día, y que retrate la historia del universo desde su mirada. Mantra, cineasta prodigio, amigo de Orson Welles, fanático de Stanley Kubrick y de su 2001, jamás aparecerá en la obra, la cual el narrador llega a conocer con el nombre El Cumpleaños de Martín Mantra/Nueve Años. Por último, justo antes de que inicie El Final, predice que en el futuro los humanos tendremos la misma ambición desde el momento en que nacemos, retratar la historia del todo desde la nada. Movi-Eye, bautiza el joven mexicano al artefacto que se instalará en nuestros globos oculares.

Estas son solo las primeras veinte páginas.

En algún pasaje de la telenovela literatiforme, Mantra, convertido en el Capitán Godzilla luego de la catástrofe del Cielito Lindo, dice en una rueda de prensa: “¡Mexicanos!, un país sin ciencia ficción es un país sin futuro” y detuvo mi lectura de la telenovela.

(Me disculpo y aclaro que lo que sigue es producto, en parte, de mi desconocimiento del género. Pero ahí va…)

En las últimas décadas ha bajado el consumo de libros en general (en todos sus géneros, excepto el de “autoayuda”, el de “novelas fantásticas”, el de “biografías de conductores de televisión” y el de “técnicas económicas neo-liberales para ser el sistema”), eso todos lo sabemos. Bien. Es algo por lo que preocuparse, indeed, junto con los oligopolios editoriales masivamente devoriformes, y los porqués de esto serán investigados y consecuentemente divagados en otra oportunidad. Sigo. Hay géneros sin embargo que no tiemblan lo suficiente como para preocuparse: hablo de las novelas de terror del tipo Stephen King, las fantásticas del tipo Florencia Bonelli, las de suspenso, las intelectualoides y las no tan intelectualoidesde Anagrama (género aparte, que abarca las novelas de personajes, dramáticas, tan cosmopolitas como llenas de idiosincrasia), las novelas queer, los libros de cuentos cortos, sugestivos, modernos, lisérgicos, pornográficos, temerosos pero demasiado vanidosos para demostrarlo. Algo así, podría decirse, ¿no? (Aclaro que no digo que sean de un consumo masivo). En las antípodas, las tiradas de libros de poesía contemporáneas de bellas ediciones son mínimas y el género ciencia ficción está, por lo que percibo, ciertamente abandonado. Esto es lo que me genera preocupación y es algo sobre lo que sí me permito a divagar:

Históricamente el género sci-fi, logró ganarse su público, sus devotos, su inconsciente colectivo sobre los mismo, logró hacer millones y seguir haciéndolos con los nostálgicos consumistas de siempre. (Acá es donde mi desconocimiento en filmografía y bibliografía del género me impide dar muchos ejemplos para lo que estoy a punto de decir. Pero, bueno, ahí va…) Logró, y supongo era la búsqueda, mostrarnos que el futuro puede parecer lejano pero es posible y es así de distópico, maligno. Hablo, por ejemplo, de Farenheit 451, de Ray Bradbury. Historias con tecnología tan avanzada que retroceden a la humanidad, o a lo que queda de ella, a la ausencia del estado, al control de fuertes sobre débiles -siempre hablando del Capital que gobierne en la  coyuntura, dinero, fuerza, dispositivos, armas, etc.-. Logró fascinar, pero también alertar de que eso es posible, quizás remoto, pero posible. Está en nosotros evitarlo. ¿O, estaba?

Siento la necesidad de pensar que Este Presente (y no me refiero al pandemonio) de incertidumbre, terror, bélicamente informatiforme, es quizás producto de quienes despotricamos en el pasado sin saber al sci-fi. No pretendo ser absoluto al respecto, no creo que el problema, es decir Este Presente, provenga de un solo óvulo y esperma, pero es de remarcar que, exceptuando al imperio Star Wars -que no sé cuánto aplica al caso-, el consumo main stream de ciencia ficción descendió enormemente. Por ello, creo, sin un horizonte novedosos al cual temer, sin obras con la suficiente abstracción como para representar los germenes latentes de la época, los viejos horizontes fueron acercándosenos más y más, hasta el punto de sentir hoy que el Más Allá se acerca cada vez al Más Acá.

(Este es el momento en el que antes de hacer el cut-up de Burroughs y seguir con la novela de Fresán, invito al lectore interesado a recomendarme obras sci-fi en los comentarios. ¡Bienvenide a hacerlo!)

Tengo tentaciones de hacer algún paralelismo del autor argentino con el mítico Foster Wallace, uno de esos tantos-tantísimos autores de los que más se habla de lo que se lo lee. D.F.W. el yuppie suicida, autor de la mítica Infinite Jest (¿monumentalmente inerte?, o ¿monumentalmente histórica?) y de los inacabables relatos de Extinción, entre otros. Este paralelismo nace de las citas a D.F.W que hace Fresán en uno de los libros de su última trilogía -también imagino inacabable- La Parte Inventada, La Parte Soñada y La Parte Recordada, además de una charla a partir de la Infinite Jest que se encuentra en YouTube (https://www.youtube.com/watch?v=bXAxiWtVLu0&t=10s). Bueno, sigo. Estos autores, en las obras que he leído, abarcan relatos que conforman mundos, realidades en las que los personajes se desenvuelven a veces consternados por lo que les tocó; relatos minuciosos, pero por sobre todo monumentalmente originaliformes. Estas realidades que confeccionan no resultan tan lejanas (tumores que abducen recuerdos, años que tienen nombre de empresas, por mencionar algunos), pero no dejan de tener su surrealismo. Y es hasta acá donde llega mi cabeza. Ahí es cuando entra Fresán, o más bien, Martín Mantra con el término “Irrealismo Lógico” y una nube uniforme cubre de súbito el Cielito Lindo y de ella brota un ácido que nos convierte en luchadores enmascarados.

Cut-up.

Mantra, como pregona la contra-tapa (tapa en contra, si se sigue a Aira), es “una ciudad de novela  y una novela de esa ciudad”.

México, en mi carrera como lector, ocupa paso a paso un lugar muy importante. Una de las novelas, sino la más, que más me fascinó es Los Detectives Salvajes, escrita por el compadre de Fresán, Roberto Bolaño, el mismo que en la solapa del libro, y adhiero fenomenalmente, escribe sobre Mantra, “(…) también trata, en un plano casi secreto, sobre el arte de hacer literatura…” y agrega “… aunque muy pocos se den cuenta de eso”, con un tono pedante el chileno.

Y yo me preguntó, ¿por qué es que esto me pasa, si tan lejos estoy de México y su D.F., si nunca fui y si ni siquiera algo de su naturaleza atraviesa mi biografía? ¿Será que México tiene algo de especial, algo de inverosímil dentro de la realidad? “Ninguna historia es verosímil en esta ciudad”, dice Jesús Nazareno y de Todos Los Santos Mártires en la Tierra Fernandéz (a.k.a.) Black Hole (a.k.a) Mano Negra en la novela.

Estamos tan lejos de México como México de nosotros, puedo concluir si sigo la Quantum Theory de María-Marie.

México dio la Revolución (mexicana), le dio un inconsciente cliché a toda la literatura y el cine ignorante hecho y por hacer, es la sombra que el  mundo admira y  es de la que se ríe cuando la escucha hablar. México, también, fue donde huyó Liev Davidovich Trostky para escapar del traidor Stalin, donde entabló una relación de amor-odio con Diego Rivera, donde acosó a las Kahlo, donde escribió el Manifesto por un Arte Independiente y Revolucionario con el mismo Rivera y André Bretón, dónde se escondió y espero el inevitable asesinato a manos del abducido Ramón Mercader.

México, siento, es ese lugar a donde vamos a nacer y a morir.

Hagamos lo que podamos con Este Futuro. Por lo pronto Mantra, de Rodrigo Fresán es un buen lugar dónde nacer y morir.


Dejo un temita nuevo de King Gizzard, una banda que roza el sci-fi (https://www.youtube.com/watch?v=ioqgrYorhkU)

jueves, 24 de septiembre de 2020

Memorias dispersas I

Difícil especificar cuándo arrancó esta historia. Caminaba con mis tacos por una avenida estruendosa de edificios gemelos. Las pies me latían y necesitaba de vos, Ramos. Sin pensarlo, como si fuera el mío, entré en uno. La puerta estaba abierta; unos gordos transpirados arreglaban algún desperfecto de gas del edificio y precisaban entrar y salir constantemente. Un gordo joven custodiaba la puerta por mandato del capataz, y mi escote por genuina voluntad. Pasé a su lado con tranquilidad, a paso lento, sin siquiera formular un gesto que indicara residencia, ya sea agitar un manojo de llaves, o dar las buenas tardes -aunque no supiera que hora realmente era.

Dentro del palier las cosas no se complicaron. Instintivamente encontré el ascensor de servicio. Los laterales del cubículo estaban tapiados por una lona verde; las rejas oxidadas profesaban, inmortalizadas en liquid-paper o marcador, lacónicas memorias de la historia del universo: "guzman PUTO", "Vamos a Volver", "Bucay chorro", "lo que koje la del kinto", entre otros. Ya completamente dentro, tecleé el piso más alto, el séptimo, y me saqué los tacos. 

A la salida del ascensor mis pies se encontraron con un polvoriento piso de mármol rojo, y el resto de mis sentidos con un lavadero oscuro, de paredes grumiendo por la humedad. Al fondo a la izquierda, una puerta con la pintura descascarada, impedía que el fulgor del sol iluminara el ambiente. Arrugé mis pies para perder un poco el polvillo y para meditar mi próximo movimiento. Me acerqué a la puerta y, sin esfuerzo, la abrí. Encontré la terraza, y en ese momento lo entendí, supe que estabas ahí, Ramos. 

Te esperé las milésimas necesarias. Me agarraste por la cintura con tus manos siempre perfumadas y me acercaste contra tu cuerpo. A veces -siempre- sentía que no podía discernir dónde empezaba tu cuerpo y dónde el aire. Sin sutileza te ofrecía mis dotes y sin sutileza, en silencio, los aceptabas. En todos y en ese instante, Ramos, imaginaba tus manos al ras de mi carne, fundiendo mi piel; imaginaba tu verga inhumana, pincelando sobre mi lengua, latiendo. Me contentaba con imaginar que lamía, porque jamás me dejaste, tus pezones enhiestos y suaves; me contentaba con imaginarte sofocar gemidos de placer. Nunca nada me decías, nunca un comentario banal, ninguna apreciación de nuestras vidas, de mi cuerpo, del tuyo, ni siquiera un comentario que se jactara de tu poder, tampoco una indicación de cómo proceder después del break, cómo desaparecer; ni siquiera durante el break dejabas escapar tu voz, no compartías nuestra intimidad. Intentaba convencerme de que me dolía que me subordinaras con tu silencio. Pero no podía. Lo necesitaba todavía más de lo que lo necesito hoy. Dejé de pensar, te había encontrado, después de no-se-cuánto-tiempo, Ramos. Era posible que esa misma mañana hubieras amanecido con mi cuerpo suave encima del tuyo o yo con tu verga inhumana dentro mío, pero imposible es recordarlo. Ni en ese momento ni hoy. Imposible recordarte, Ramos, de no ser por lo que estoy haciendo. 

Te arrastré del cogote hasta un rincón de la terraza, el rincón más luminoso, donde el sol más ardía. Besé tu cuello helado, acaricie tu espalda y tu culo lo agarré y sentí cómo cabía perfecto en mi mano. Te enredé con mis piernas y pasé con ferocidad mis manos sobre el bulto de tu verga inhumana erguida. Vos no hiciste nada, Ramos, hasta que volviste a agarrarme por la cintura y gemí. Con un movimiento imperceptible, como vos, como el aire, me tenías. Mi pollera, como un velo, bailaba por el viento, dejando ver que nada llevaba encima, más que tus rastros. Tu verga inhumana volvió a mí; helaba y bullía dentro mío, me hacía olvidar el ardor del sol sobre el hormigón bajo mis pies desnudos, o las ráfagas gélida de viento.

En todos y en ningún lado quería estar con vos, Ramos. En vos quería estar.

miércoles, 23 de septiembre de 2020

El Arranque - Osvaldo Pugliese

el café en las tazas,
los cubiertos seleccionando víctimas,
los pies temblando debajo de la mesa,
la cabeza sin vida dando vueltas y vueltas y vueltas en el aire
(¿porqué nadie habla en esta película?).

qué forma más aburrida de empezar
                                    me digo
todo tiene que terminar alguna vez.

y entonces de repente,
como todas esas cosas que tienen que suceder,
las luces se apagan y se prenden


se ve la escena:
músicos, instrumentos multiplicadores
barrocos del dolor
hacen pensar
en voz alta, gritar.
en la escena hay mucho para ver, tocar, escuchar, desnudar.
y estás vos.
nunca en la sombra, nunca bajo el reflector, nunca primer violín,
siempre estás.
ni un segundo pasa y arrancas:
las tazas se vacían,
los cubiertos acaban con precocidad,
los pies no encuentran dónde temblar, 
la cabeza sigue girando, pero la película termina.
(la película arranca).
estás vos
y, bueno, estoy yo
gritando esto que no sé cuándo grito
y llorando para no besarte.

qué forma más aburrida de empezar.

#####

en este instante leí
que el futuro no existe
sin ciencia ficción.
tanto hablamos del pasado, tanto reímos y amamos
en el pasado.
tanto nos detuvimos a mirar 
a la cabecita dando vueltas y vueltas y vueltas en el aire.

en este instante, por primera vez, 
(nunca es la primera)
tengo miedo de que no arranque la retrospectiva.
en este instante, por primera vez,
(nunca es la primera)
siento al presente vibrar bajo mis pies,
impregnado entre mis dedos,
igual que esa noche en que sentí 
que me hundía en el rocío.
(esa noche en que los neuróticos concebían
el mundo entre parentesís)

sábado, 12 de septiembre de 2020

Sed

no sé sobre la sed,
nunca la tuve.
no sé si fingí tu ausencia.
ni tampoco sé
si realmente te sentí
                volver

nunca voy a saber
si mis saberes 
eclosionarán,
más que en mi vientre
al sentirte

que no tengo,
no tuve,
ni voy a tener
que invocarte
para decirte

mi sed
de botella.
tu hambre
de botella.
mi garganta
ardiendo a contratiempo.
tus ojos
ardiendo a contratiempo.
mi lengua
de botella,
latiendo

No sé si extrañaba esta sensación.

No sé si alguna vez se fue

viernes, 11 de septiembre de 2020

El Poeta

No hay prisa.
Hay tiempo.
Hay TiMex.
RODRIGO FRESÁN, Mantra 


La noche está en completa calma, sugiere más de lo que dice. Como nada alumbra las calles adoquinadas, la luz de la habitación que espían les hierve las pupilas. El fuego reapareciendo sobre el papel es su único farol.

El joven pasa los binoculares a su compañero y medita un minuto lo que va a decir.

-Oye, Luis.

-Dime, compadre.

-¿Y este que escribe?

-Poesía, compadre, poesía.

-Claro, es que se me había olvidado.

-Tranquilo, compadrito. Por eso lo llamamos El Poeta. Ten la libreta a mano, copia su nombre junto al de la señora.

-Entendido, Luis.

Los dos hombres toman la postura detectivesca, la del descanso perpetuo: apoyan sus codos sobre la baranda del balcón de un estacionamiento, con la espalda encorvada, los gestos forzosamente sueltos. Intermitentemente la convierten en ese reflejo inherente a los detectives que ficcionan su labor con mucho placer: acariciar la nueve milímetros bajo el sobretodo y dar una eterna calada.

El silencio en que se sume este lado de la ciudad se ve perpetuado el rumor de la calefacción. El auto que la agencia les brinda para la vigilancia murmura y vibra imperceptiblemente a sus espaldas. Luis devuelve los binoculares con desprecio, y gira sobre su eje. Observa el auto de pintura descascarada, imaginando y sintiendo, que el auto que maneja a diario es el Gran Torino que, en su adolescencia, veía en la televisión. Vuelve a la vigilancia, y cuando enciende el cigarrillo ilumina sus bigotes sucios y los ojos del joven que no paran de brillar.

-Luis.

-Desembuche, compañero.

-¿Y tú crees que esta vez nos pagaran bien?

-¿Tú le viste las chichis a la señora? Si tiene pasta para mantener esos caramelos, tiene buena pasta para pagarnos.

-Sí, es verdad.

El joven se sorprende de que la habitación que espían sea tan pequeña, podría decirse que es la habitación donde se guardan escobas, plumeros y productos de limpieza. Se sorprende de sobremanera, pero no dice nada. Dentro está El Poeta. Suponen, escribiendo. Solo alcanzan a ver con nitidez la pared donde se dibuja su característica joroba. Solo eso ven: la sombra del Poeta.

-Luis, ¿no me convidas un cigarro?

-Cómprese los suyos, compadrito.

-Es que no tuve…

-Me vale madres que tuvo y que no.- Luis detiene la conversación y mira por los binoculares, aplicando a su sexto sentido: El Poeta tuerce apenas su posición y deja ver la curva, que ahora desaparece de la pared. Guarda los binoculares en el sobre todo y sigue:

-Copie en la libreta que el suéter del Poeta es celeste,-lanza con solvencia su atado al joven- y tome dos cigarros. No vaya a ser que me pida de nuevo.

-Suéter celeste. Perfecto. Gracias, Luis.

El joven palpa sus bolsillos sabiendo que hallará un encendedor en alguno. Suma un farol a la escena. Luis vuelve a sobrar la situación: se da media vuelta, apoya su espalda sobre la baranda y mira con odio al cielo, donde busca algo para decirse.

-Nunca habrá estrellas en invierno en esta condenada ciudad.

El joven escucha a su compañero y se anima a acotar:

-Las estrellas están en los ojos de las mujeres del de-efe, Luis.

-¿Ahora se cree poeta, compadre?

-Era un chiste, Luis.

-Se lo he dicho mil veces, me-va-len-ma-dre sus chistes, muchacho. Su trabajo es la libreta y lo que yo le diga. Cuando no lleve puesto el sobretodo, haga los chistes que se le den la madre. Mientras, no. Espero quede…

-Se mueve.

-¿Qué dice?

Al joven se le escurre el cigarrillo de entre los dedos y las cenizas salpican las botas de Luis.

-El Poeta, se mueve.

-Pues regístralo en la condenada libreta, ¿o eres retardado?

Preso del miedo, el joven ni siquiera atina a simular que palpa sus bolsillos buscando la tinta que no tiene. Luis lo nota y no ahorra labia: 

-Ah, pues parece que en serio eres retardado, compadre. Un condenado boli… ni un condenado bolígrafo eres capaz de llevar encima. ¿Te piensas que mi trabajo es quitarte la mierda que pisas? -dice, y no deja tiempo a que el joven module apenas un gesto de respuesta:- Si no eres retardado, no sé bien qué eres.

El poeta vuelve a moverse, aunque insignificantemente y dentro de la misma habitación. El joven lo ve, pero no dice nada. Luis chista sus dedos y sopla exageradamente, luego camina hacia el auto. El vapor queda suspendido, y envuelve al joven durante varios segundos. 

-Ten, tengo un boli de repuesto.

Deja la lapicera sobre la mano que el joven extiende tímidamente, y se encierra, refunfuñando, en el micro clima del auto, que sigue vibrando y reverbera, de la misma manera que los sueños excitantes. Luis cierra los ojos y se dice que está soñando despierto: descansa de esta actividad que ama, en la que no tuvo que sacrificar su promiscua intimidad, para acceder a la ajena, en la que puede darse el lujo de poner en juego sus habilidades innatas, indispensables para la sociedad y, encima, abrigarse en asientos de cuero genuino.

El joven no aguarda a que Luis se duerma para encender el otro cigarrillo. Cala y aguanta el humo varios segundos, dejando una gran porción fluyendo dentro de su organismo. Luego dibuja en el aire volutas en las que se mezclan el tabaco y el calor condensado. Antes de proseguir, mira la habitación: El Poeta sigue en la misma posición. Quizás se mando a embalsamar, piensa, y ríe. Sería demasiado. Constata el horario en su reloj: le resta cinco minutos al primer movimiento y dos al segundo. Escribe en su libreta:

22.13. El Poeta se mueve dentro de la habitación pequeña. Sigue escribiendo;

22.16 El Gran Poeta se mueve dentro de lo que llama El Valle. Sigue escribiendo algún resabio modificado de lo que supo ser.

 


miércoles, 9 de septiembre de 2020

¿Qué decís ahora?


sentarse en algún lugar
a pensar. a respirar como respira
el cielo. uno. dos. tres.
cinco. y agotarse.
desplomarse cerca. y mirar
el cielo trascender.
contar las nubes
los satélites
los aviones.
buscar cuerpos.
buscar verbos.
pensar de nuevo. qué hace el cielo. qué dice. qué canta el cielo.
querer y ver un avión pasar.
y olvidar.
porque hay que hacerlo parar
aunque todavía no haya arrancado.

sentarse. y quizás escribir.
arrancar en algún lado
perderse. olvidarse. y terminar en otro.
pero arrancar.
ahora sí. el cielo
depende de esto.

escribir un personaje que arranca.
otro que se sienta.
cambiarle el género a uno de los dos.
y aparearlos.

qué decís ahora.
que el cielo se movió.
y el punto que habias marcado
en la hoja. desapareció