Me gustas, vientito,
me gustas, me pones
extranjera.
Me gustas, vientito,
mientras cruzas bajo,
encima, dentro, silbando,
en mí entras y saludas
las hendiduras
de mi pecho. Me gustas. Me traes
un paisaje a oscuras que
cruzo
y chirrío con la bicicleta;
entras
vientito por la luz.
Diré que me llevas y me traes
buenos aires a sacar.
(...)
silencio/
intermedio:
¿a quién, cruzando la
frontera, nos toca,
vientito, citar?
Saludemos, sí,
al cid campeador:
él cabalga y, ahora,
vientito te cabalga.
Olvidemos, sí,
lo complejo
del pronombre:
mí cantar tú cantar
no
es el mismo;
no
decimos nada.
Me abandonas,
vientito, y retornan buenos aires
terminaciones de silencio
van buscándonos,
pero vuelves: se nota
que me repites, es decir:
mí ola y tú viento:
me gustas.
Yo el río, vientito, de la plata
puedo solo darte -chirrío-
y a cuenta gotas,
ya que me pones
extranjera.
Mientras, con braceo cavo
mi pecho, trae, vientito bravo,
lo que quieras a mi boca, a mis
poros
sin constelar; al
participio,
que pretende salvarnos
del inicio, vientito, del inicio
de este poema
nos exhala.
Me gustas, te dije,
vientito, me enumeras:
qué sigue,
qué sigues,
¿sigo?
Es así, vientito, si no te
chasqueo la q querida
q oclusiva
labiovelar sorda,
(¡vela mi dorso, barréname,
vientito
q mí ola y q tú viento!)
q q aletarga...
Si no te q al medio el silbido,
tengo q escribir
lo q digo.
¿Sigo?