viernes, 25 de septiembre de 2020

Mantra, Rodrigo Fresán (Edición Corregida y Aumentada, Literatura Random House, Buenos Aires, 2014)


Hay cosas monumentales por su tamaño y cosas monumentales por su admirable inercia. Hay obras monumentales por su tamaño -por su inercia- y obras que llamamos monumentales por su capacidad de retratar la historia. Bueno. En palabras de Martín Mantra, esto que conocemos  -y adoramos conocer- como historia está pronto a ser reemplazado por una obra con mayores capacidades de compactar la historia del mundo: las telenovelas (mexicanas).

Mantra es, en palabras mías que tomo del Idiomantra, una telenovela mexicana fenomenalmente literatiforme.

El libro, publicado originalmente en 2001, es narrado por Estrellito, El Niño Espacial que pasa de estudiante primario, hijo de Montoneros, avergonzado de su país natal, a redactor de la revista Snob -dirigida por el increíblemente snobiforme, Jean-Baptiste-,  a luchador enmascarado y, luego,  poblador de la sección “suicidas subliminales” del Mictlán. Desde allí, el Mictlán, le cuenta a la estupendamente sensualiforme María-Marie Mantra nuestra telenovela, la telenovela de todos, la telenovela de Martín Mantra, la telenovela de México.

La historia inicia con un revólver, un juego de inocencias que sella, primero con sangre y luego con el líquido circunda nuestros cerebros y el mundo, el principio del Fin.

Martín Mantra, hijo de los actores de telenovela más importantes del mundo, nieto de Máximo Mantra, dueño de los estudios MantraVisión, hace escala de su tour mundial constante en una escuela primaria que honra a un prócer mexicano del cual mucho se sabe pero que poco fundamenta su título, el General Gervasio Vicasio Cabrera. Allí conoce al narrador, quien eternamente, o hasta el siguiente principio del Fin, cargará con un sincréticamente mantriforme tumor que contaminara absolutamente todos sus recuerdos. “Su tumor es como una taza dónde todo sale (…) un big-bang cerebral”, le dice el doctor Marcos Matus al narrador, y él se dice que todos los científicos son poetas frustrados.

Luego de la escena del revólver el narrador se vuelve compadre de Mantra, quien en un pacto confidente le muestra su obra totalizadora: una película que se grabe todos los años en su cumpleaños, las 24 horas del día, y que retrate la historia del universo desde su mirada. Mantra, cineasta prodigio, amigo de Orson Welles, fanático de Stanley Kubrick y de su 2001, jamás aparecerá en la obra, la cual el narrador llega a conocer con el nombre El Cumpleaños de Martín Mantra/Nueve Años. Por último, justo antes de que inicie El Final, predice que en el futuro los humanos tendremos la misma ambición desde el momento en que nacemos, retratar la historia del todo desde la nada. Movi-Eye, bautiza el joven mexicano al artefacto que se instalará en nuestros globos oculares.

Estas son solo las primeras veinte páginas.

En algún pasaje de la telenovela literatiforme, Mantra, convertido en el Capitán Godzilla luego de la catástrofe del Cielito Lindo, dice en una rueda de prensa: “¡Mexicanos!, un país sin ciencia ficción es un país sin futuro” y detuvo mi lectura de la telenovela.

(Me disculpo y aclaro que lo que sigue es producto, en parte, de mi desconocimiento del género. Pero ahí va…)

En las últimas décadas ha bajado el consumo de libros en general (en todos sus géneros, excepto el de “autoayuda”, el de “novelas fantásticas”, el de “biografías de conductores de televisión” y el de “técnicas económicas neo-liberales para ser el sistema”), eso todos lo sabemos. Bien. Es algo por lo que preocuparse, indeed, junto con los oligopolios editoriales masivamente devoriformes, y los porqués de esto serán investigados y consecuentemente divagados en otra oportunidad. Sigo. Hay géneros sin embargo que no tiemblan lo suficiente como para preocuparse: hablo de las novelas de terror del tipo Stephen King, las fantásticas del tipo Florencia Bonelli, las de suspenso, las intelectualoides y las no tan intelectualoidesde Anagrama (género aparte, que abarca las novelas de personajes, dramáticas, tan cosmopolitas como llenas de idiosincrasia), las novelas queer, los libros de cuentos cortos, sugestivos, modernos, lisérgicos, pornográficos, temerosos pero demasiado vanidosos para demostrarlo. Algo así, podría decirse, ¿no? (Aclaro que no digo que sean de un consumo masivo). En las antípodas, las tiradas de libros de poesía contemporáneas de bellas ediciones son mínimas y el género ciencia ficción está, por lo que percibo, ciertamente abandonado. Esto es lo que me genera preocupación y es algo sobre lo que sí me permito a divagar:

Históricamente el género sci-fi, logró ganarse su público, sus devotos, su inconsciente colectivo sobre los mismo, logró hacer millones y seguir haciéndolos con los nostálgicos consumistas de siempre. (Acá es donde mi desconocimiento en filmografía y bibliografía del género me impide dar muchos ejemplos para lo que estoy a punto de decir. Pero, bueno, ahí va…) Logró, y supongo era la búsqueda, mostrarnos que el futuro puede parecer lejano pero es posible y es así de distópico, maligno. Hablo, por ejemplo, de Farenheit 451, de Ray Bradbury. Historias con tecnología tan avanzada que retroceden a la humanidad, o a lo que queda de ella, a la ausencia del estado, al control de fuertes sobre débiles -siempre hablando del Capital que gobierne en la  coyuntura, dinero, fuerza, dispositivos, armas, etc.-. Logró fascinar, pero también alertar de que eso es posible, quizás remoto, pero posible. Está en nosotros evitarlo. ¿O, estaba?

Siento la necesidad de pensar que Este Presente (y no me refiero al pandemonio) de incertidumbre, terror, bélicamente informatiforme, es quizás producto de quienes despotricamos en el pasado sin saber al sci-fi. No pretendo ser absoluto al respecto, no creo que el problema, es decir Este Presente, provenga de un solo óvulo y esperma, pero es de remarcar que, exceptuando al imperio Star Wars -que no sé cuánto aplica al caso-, el consumo main stream de ciencia ficción descendió enormemente. Por ello, creo, sin un horizonte novedosos al cual temer, sin obras con la suficiente abstracción como para representar los germenes latentes de la época, los viejos horizontes fueron acercándosenos más y más, hasta el punto de sentir hoy que el Más Allá se acerca cada vez al Más Acá.

(Este es el momento en el que antes de hacer el cut-up de Burroughs y seguir con la novela de Fresán, invito al lectore interesado a recomendarme obras sci-fi en los comentarios. ¡Bienvenide a hacerlo!)

Tengo tentaciones de hacer algún paralelismo del autor argentino con el mítico Foster Wallace, uno de esos tantos-tantísimos autores de los que más se habla de lo que se lo lee. D.F.W. el yuppie suicida, autor de la mítica Infinite Jest (¿monumentalmente inerte?, o ¿monumentalmente histórica?) y de los inacabables relatos de Extinción, entre otros. Este paralelismo nace de las citas a D.F.W que hace Fresán en uno de los libros de su última trilogía -también imagino inacabable- La Parte Inventada, La Parte Soñada y La Parte Recordada, además de una charla a partir de la Infinite Jest que se encuentra en YouTube (https://www.youtube.com/watch?v=bXAxiWtVLu0&t=10s). Bueno, sigo. Estos autores, en las obras que he leído, abarcan relatos que conforman mundos, realidades en las que los personajes se desenvuelven a veces consternados por lo que les tocó; relatos minuciosos, pero por sobre todo monumentalmente originaliformes. Estas realidades que confeccionan no resultan tan lejanas (tumores que abducen recuerdos, años que tienen nombre de empresas, por mencionar algunos), pero no dejan de tener su surrealismo. Y es hasta acá donde llega mi cabeza. Ahí es cuando entra Fresán, o más bien, Martín Mantra con el término “Irrealismo Lógico” y una nube uniforme cubre de súbito el Cielito Lindo y de ella brota un ácido que nos convierte en luchadores enmascarados.

Cut-up.

Mantra, como pregona la contra-tapa (tapa en contra, si se sigue a Aira), es “una ciudad de novela  y una novela de esa ciudad”.

México, en mi carrera como lector, ocupa paso a paso un lugar muy importante. Una de las novelas, sino la más, que más me fascinó es Los Detectives Salvajes, escrita por el compadre de Fresán, Roberto Bolaño, el mismo que en la solapa del libro, y adhiero fenomenalmente, escribe sobre Mantra, “(…) también trata, en un plano casi secreto, sobre el arte de hacer literatura…” y agrega “… aunque muy pocos se den cuenta de eso”, con un tono pedante el chileno.

Y yo me preguntó, ¿por qué es que esto me pasa, si tan lejos estoy de México y su D.F., si nunca fui y si ni siquiera algo de su naturaleza atraviesa mi biografía? ¿Será que México tiene algo de especial, algo de inverosímil dentro de la realidad? “Ninguna historia es verosímil en esta ciudad”, dice Jesús Nazareno y de Todos Los Santos Mártires en la Tierra Fernandéz (a.k.a.) Black Hole (a.k.a) Mano Negra en la novela.

Estamos tan lejos de México como México de nosotros, puedo concluir si sigo la Quantum Theory de María-Marie.

México dio la Revolución (mexicana), le dio un inconsciente cliché a toda la literatura y el cine ignorante hecho y por hacer, es la sombra que el  mundo admira y  es de la que se ríe cuando la escucha hablar. México, también, fue donde huyó Liev Davidovich Trostky para escapar del traidor Stalin, donde entabló una relación de amor-odio con Diego Rivera, donde acosó a las Kahlo, donde escribió el Manifesto por un Arte Independiente y Revolucionario con el mismo Rivera y André Bretón, dónde se escondió y espero el inevitable asesinato a manos del abducido Ramón Mercader.

México, siento, es ese lugar a donde vamos a nacer y a morir.

Hagamos lo que podamos con Este Futuro. Por lo pronto Mantra, de Rodrigo Fresán es un buen lugar dónde nacer y morir.


Dejo un temita nuevo de King Gizzard, una banda que roza el sci-fi (https://www.youtube.com/watch?v=ioqgrYorhkU)

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