Hay cosas monumentales por su tamaño y cosas monumentales por su admirable inercia. Hay obras monumentales por su tamaño -por su inercia- y obras que llamamos monumentales por su capacidad de retratar la historia. Bueno. En palabras de Martín Mantra, esto que conocemos -y adoramos conocer- como historia está pronto a ser reemplazado por una obra con mayores capacidades de compactar la historia del mundo: las telenovelas (mexicanas).
Mantra es, en palabras mías
que tomo del Idiomantra, una telenovela mexicana fenomenalmente literatiforme.
El libro, publicado originalmente en 2001, es narrado por Estrellito, El Niño Espacial que pasa de estudiante primario, hijo de Montoneros, avergonzado de su país natal, a redactor de la revista Snob -dirigida por el increíblemente snobiforme, Jean-Baptiste-, a luchador enmascarado y, luego, poblador de la sección “suicidas subliminales” del Mictlán. Desde allí, el Mictlán, le cuenta a la estupendamente sensualiforme María-Marie Mantra nuestra telenovela, la telenovela de todos, la telenovela de Martín Mantra, la telenovela de México.
Martín Mantra, hijo de los actores de telenovela más importantes del
mundo, nieto de Máximo Mantra, dueño de los estudios MantraVisión, hace escala
de su tour mundial constante en una escuela primaria que honra a un prócer mexicano
del cual mucho se sabe pero que poco fundamenta su título, el General Gervasio Vicasio
Cabrera. Allí conoce al narrador, quien
eternamente, o hasta el siguiente principio del Fin, cargará con un sincréticamente mantriforme tumor que
contaminara absolutamente todos sus recuerdos. “Su tumor es como una taza dónde
todo sale (…) un big-bang cerebral”, le dice el doctor Marcos Matus al narrador,
y él se dice que todos los científicos son poetas frustrados.
Luego de la escena del revólver el narrador se vuelve compadre de Mantra,
quien en un pacto confidente le muestra su obra totalizadora: una película que
se grabe todos los años en su cumpleaños, las 24 horas del día, y que retrate
la historia del universo desde su mirada. Mantra, cineasta prodigio, amigo de
Orson Welles, fanático de Stanley Kubrick y de su 2001, jamás aparecerá en la obra, la cual el narrador llega a conocer
con el nombre El Cumpleaños de Martín
Mantra/Nueve Años. Por último, justo antes de que inicie El Final, predice
que en el futuro los humanos tendremos la misma ambición desde el momento en
que nacemos, retratar la historia del todo desde la nada. Movi-Eye, bautiza el
joven mexicano al artefacto que se instalará en nuestros globos oculares.
Estas son solo las primeras veinte páginas.
En algún pasaje de la telenovela literatiforme,
Mantra, convertido en el Capitán Godzilla luego de la catástrofe del Cielito
Lindo, dice en una rueda de prensa: “¡Mexicanos!, un país sin ciencia ficción
es un país sin futuro” y detuvo mi lectura de la telenovela.
(Me disculpo y aclaro que lo que sigue es producto, en parte, de mi
desconocimiento del género. Pero ahí va…)
En las últimas décadas ha bajado el consumo de libros en general (en
todos sus géneros, excepto el de “autoayuda”, el de “novelas fantásticas”, el
de “biografías de conductores de televisión” y el de “técnicas económicas neo-liberales
para ser el sistema”), eso todos lo sabemos. Bien. Es algo por lo que
preocuparse, indeed, junto con los
oligopolios editoriales masivamente
devoriformes, y los porqués de esto serán investigados y consecuentemente divagados
en otra oportunidad. Sigo. Hay géneros sin embargo que no tiemblan lo
suficiente como para preocuparse: hablo de las novelas de terror del tipo Stephen King, las fantásticas del tipo Florencia Bonelli, las de suspenso, las intelectualoides y las no tan intelectualoidesde
Anagrama (género aparte, que abarca las novelas de personajes, dramáticas, tan
cosmopolitas como llenas de idiosincrasia), las novelas queer, los libros de cuentos cortos, sugestivos, modernos,
lisérgicos, pornográficos, temerosos pero demasiado vanidosos para demostrarlo.
Algo así, podría decirse, ¿no? (Aclaro que no digo que sean de un consumo
masivo). En las antípodas, las tiradas de libros de poesía contemporáneas de bellas ediciones son
mínimas y el género ciencia ficción está, por lo que percibo, ciertamente
abandonado. Esto es lo que me genera preocupación y es algo sobre lo que sí me permito a
divagar:
Históricamente el género sci-fi,
logró ganarse su público, sus devotos, su inconsciente colectivo sobre los mismo, logró hacer
millones y seguir haciéndolos con los nostálgicos consumistas de siempre. (Acá
es donde mi desconocimiento en filmografía y bibliografía del género me impide
dar muchos ejemplos para lo que estoy a punto de decir. Pero, bueno, ahí va…)
Logró, y supongo era la búsqueda, mostrarnos que el futuro puede parecer lejano
pero es posible y es así de distópico, maligno. Hablo, por ejemplo, de Farenheit 451, de Ray Bradbury. Historias con tecnología tan
avanzada que retroceden a la humanidad, o a lo que queda de ella, a la ausencia
del estado, al control de fuertes sobre débiles -siempre hablando del Capital
que gobierne en la coyuntura, dinero, fuerza, dispositivos, armas, etc.-. Logró
fascinar, pero también alertar de que eso es posible, quizás remoto, pero posible.
Está en nosotros evitarlo. ¿O, estaba?
Siento la necesidad de pensar que Este Presente (y no me refiero al
pandemonio) de incertidumbre, terror, bélicamente
informatiforme, es quizás producto de quienes despotricamos en el pasado sin
saber al sci-fi. No pretendo ser
absoluto al respecto, no creo que el problema, es decir Este Presente, provenga de un solo óvulo y esperma, pero es
de remarcar que, exceptuando al imperio Star Wars -que no sé cuánto
aplica al caso-, el consumo main stream de
ciencia ficción descendió enormemente. Por ello, creo, sin un horizonte novedosos al cual temer, sin obras con la suficiente abstracción como para representar los germenes latentes de la época, los viejos horizontes fueron acercándosenos más y más, hasta el punto de
sentir hoy que el Más Allá se acerca cada vez al Más Acá.
(Este es el momento en el que antes de hacer el cut-up de Burroughs y seguir con la novela de Fresán, invito al
lectore interesado a recomendarme obras sci-fi
en los comentarios. ¡Bienvenide a hacerlo!)
Tengo tentaciones de hacer algún paralelismo del autor argentino con el
mítico Foster Wallace, uno de esos tantos-tantísimos autores de los que más se
habla de lo que se lo lee. D.F.W. el yuppie suicida, autor de la mítica Infinite Jest (¿monumentalmente inerte?,
o ¿monumentalmente histórica?) y de
los inacabables relatos de Extinción, entre otros. Este paralelismo nace de las citas a
D.F.W que hace Fresán en uno de los libros de su última trilogía -también imagino inacabable- La Parte Inventada, La Parte Soñada y La Parte Recordada, además de
una charla a partir de la Infinite Jest que
se encuentra en YouTube (https://www.youtube.com/watch?v=bXAxiWtVLu0&t=10s).
Bueno, sigo. Estos autores, en las obras que he leído, abarcan relatos que
conforman mundos, realidades en las que los personajes se desenvuelven a veces consternados
por lo que les tocó; relatos minuciosos, pero por sobre todo monumentalmente originaliformes. Estas
realidades que confeccionan no resultan tan lejanas (tumores que abducen
recuerdos, años que tienen nombre de empresas, por mencionar algunos), pero no
dejan de tener su surrealismo. Y es hasta acá donde llega mi cabeza. Ahí es
cuando entra Fresán, o más bien, Martín Mantra con el término “Irrealismo
Lógico” y una nube uniforme cubre de súbito el Cielito Lindo y de ella brota un ácido que nos
convierte en luchadores enmascarados.
Cut-up.
Mantra, como pregona la
contra-tapa (tapa en contra, si se sigue a Aira), es “una ciudad de novela y una novela de esa ciudad”.
México, en mi carrera como lector, ocupa paso a paso un lugar muy
importante. Una de las novelas, sino la más, que más me fascinó es Los Detectives Salvajes, escrita por el
compadre de Fresán, Roberto Bolaño, el mismo que en la solapa del libro, y
adhiero fenomenalmente, escribe sobre Mantra,
“(…) también trata, en un plano casi secreto, sobre el arte de hacer literatura…”
y agrega “… aunque muy pocos se den cuenta de eso”, con un tono pedante el
chileno.
Y yo me preguntó, ¿por qué es que esto me pasa, si tan lejos estoy de
México y su D.F., si nunca fui y si ni siquiera algo de su naturaleza atraviesa mi
biografía? ¿Será que México tiene algo de especial, algo de inverosímil dentro
de la realidad? “Ninguna historia es verosímil en esta ciudad”, dice Jesús
Nazareno y de Todos Los Santos Mártires en la Tierra Fernandéz (a.k.a.) Black
Hole (a.k.a) Mano Negra en la novela.
Estamos tan lejos de México como México de nosotros, puedo concluir si
sigo la Quantum Theory de
María-Marie.
México dio la Revolución (mexicana), le dio un inconsciente cliché a
toda la literatura y el cine ignorante hecho y por hacer, es la sombra que
el mundo admira y es de la que se ríe cuando la
escucha hablar. México, también, fue donde huyó Liev Davidovich Trostky para
escapar del traidor Stalin, donde entabló una relación de amor-odio con Diego
Rivera, donde acosó a las Kahlo, donde escribió el Manifesto por un Arte Independiente y Revolucionario con el mismo
Rivera y André Bretón, dónde se escondió y espero el inevitable asesinato a
manos del abducido Ramón Mercader.
México, siento, es ese lugar a donde vamos a nacer y a morir.
Hagamos lo que podamos con Este Futuro. Por lo pronto Mantra, de Rodrigo Fresán es un buen lugar dónde nacer y morir.
Dejo un temita nuevo de King Gizzard, una banda que roza el sci-fi (https://www.youtube.com/watch?v=ioqgrYorhkU)

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