tenía cuatro años
cuando mi viejo me llevó a mi primer recital.
viajamos muchos kilómetros,
vivimos un día en el auto
chupando chupetines,
pronosticando patentes
y escuchando a Marley.
no tan en el fondo, ambos sabíamos
que lo queríamos realmente
era saber cómo funcionaba la gravedad
lejos de casa.
este es el recuerdo primal
el sueño egoísta
que funda una cuidad.
entramos en ella
y después a un parque gigante.
hablábamos un lenguaje para dos
en medio de la multitud
delante del escenario, que sentíamos
como un telón del cielo negro inmenso,
dónde los barriletes se movían como estrellas
formando constelaciones.
la ciudad fue nuestra,
hasta que empezó el recital:
un tipo anacrónico sobre el escenario,
desarmado para la guerra,
soltaba los versos de los hermanos
que tenía en cada esquina de esa ciudad:
mi viejo era su primo, yo su padre.
cantaba y el pasto se humedecía.
los barriletes multiplicados flameaban
y se agitaban encima nuestro
como un big bang.
grité a mi viejo entre la multitud y la música
que iba a intentar recuperar nuestros dominios,
pero él ya gravitaba:
susurraba versos
al oído de una mujer:
"No somos como él,
un árbol en medio de la arboleda,
con su copa tuerce el viento
a su gusto. Ondea sus raíces
y en el fondo envuelve
la tierra que funda
y libera".
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