sábado, 16 de abril de 2022

canto duro

 

Dos tipos se atacaban en una esquina del cuarto que, recién podía notarlo, por un choque de luces (una interior y una exterior), era grande. Una pequeña fisura, una latencia seca distorsionaba los movimientos, los pares de manos clavadas con uñas en la espalda contraria; los pies retorcidos, abiertos como rotos; la pierna de uno dando un rodeo esclerótico sobre el otro para volcarlo; la mandíbula de éste como punto de sostén, royéndole el cuello, las orejas, los pómulos; el calor que se formaba entre ellos y nosotros, vibrantes. Brotaba sangre y caía sobre sus ropas, que de tanto uso no sólo daban la sensación de mímesis, de un solo cuerpo raramente espejado, sino que parecían piel sobreexpuesta a la oscuridad.                                                               El que roía parecía ladrar algo que no alcanzaba a ser palabras pero que del aturdimiento agudo y estruendoso hacía una sintaxis. El otro, con carne viva del rostro visible, glosaba a los gritos, hablaba con un muerto. De pronto pareció desmayarse, su sangre empezó a correr más fina por los labios y el cuello del otro. La latencia dio un último coletazo, una débil gravedad que desaliñó las luces que se chocaban (empecé a sentir frío, como de luz, mientras me preguntaba si los desmayados respiraban), y desapareció con el tiempo equilibrado de nuevo.                              Mis piernas se encadenaron al ritmo que me impulsaba Miguel, que corría hacia afuera, que corría hacia nosotros

que caía como el sol al bies, falseando.

No hay comentarios:

Publicar un comentario